Tarta de zanahoria vegana con crema de anacardos

Pues bueno aquí estamos. Y ya ha pasado más de un mes del último post. Supongo que toca excusarme. No os  lo voy a negar, ha sido una temporada intensa. Nuevo piso, la cocina en reforma, preparando mudanza aún, mucho trabajo, encargos y muchos proyectos que me han desbordado. De hecho aún sigue. Pero ya estoy aquí, con la firme intención de encontrar energía y volver a escribir. De volver a dotar las páginas en blanco de historias de mujeres, con sus sueños. No he desaparecido del todo, al contrario, estoy bastante activa en Instagram como sabéis y ahora os explicaré un poquito más mis proyectos, aunque sin desvelarlos mucho que luego dejan de ser sorpresa.


Vuelvo con una tarta vegana. Un carrot cake al que nunca diríais que no lleva ni huevos, ni leche. Pasó con  nota la prueba en mi oficina y dejó muy por detrás una tarta de chocolate. Vaya, que la historia se repitió y la tortuga venció a la liebre.

Esta tarta es el resultado de buscar cada vez más recetas alternativas. Era algo que tenía pendiente desde hace tiempo. Recetas veganas, pero también sin gluten, sin azúcares blancos. Todo pensado para las personas que quieren llevar una dieta más sana y que va muy en mi línea porque aunque os sorprendáis en mi día a día yo no tomo nada de azúcar, tomo leche de arroz y llevo una dieta flexivegetariana. Eso sí, todo en equilibrio. Y no pasa nada por tomarse un buen postre. Y lo hago. Y es más, lo disfruto.


En todo caso me he inscrito a un curso de tartas sin gluten con Jordi Bordas, a otro de pastelería americana en Espai Sucre y otro de mesas dulces con MeriCakes. Todo para seguir formándome.

En paralelo estoy cursando Business Craft con Elia Fibla y trabajando en mi nueva página web. Quiero dar un giro. Siento que tengo que centrarme y empezar una nueva etapa. Pero de esto ya os contaré un poquito más otro día.

También para complicarlo algo más me mudo y dejo mi precioso (bueno, no es mío) piso de los 30 por uno muy nuevecito que esta vez será sí nuestro pero que está en plena reforma de cocina porque se me quedaba muy limitada por el uso que hago yo. Y todo esto con encargos cada semana aparte de mi jornada laboral normal y la familia.

No es una queja. En realidad todo es positivo. Estoy creciendo y me han salido un par de colaboraciones muy bonitas que también os desvelaré muy pronto. Pero es cierto que me he sentido desbordada y sin energía y que el blog se ha quedado parado. También me he quedado sin energía para hacer fotos. Sin energía y sin tiempo. Pero ya estamos aquí de nuevo.

¿Vamos a por el cake? Os aseguro que no os defraudará.

Carrot cake vegano con crema de anacardos


Ingredientes para el cake (3 moldes de 15cm):

130 g de harina de trigo
70 g de harina integral de trigo
8 g de levadura química
4 g de bicarbonato
6 g de canela en polvo
4 g de nuez moscada
Una pizca de sal
120 g de puré de manzana
160 ml de leche de almendras
1 cucharadita de extracto de vainilla
120 g de azúcar moreno
100 g de aceite de girasol
250 g de zanahorias ralladas
50 gr de nueces picadas
Ingredientes para la crema de anacardos:

Estas cantidades son para hacer una tarta "desnuda", si queréis cubrirla completamente doblad o triplicad los ingredientes.

140 g de anacardos
80 g de nueces de macadamia
75 ml de leche de almendras 75 gr de miel
1 cucharadita de extracto de vainilla
2 cucharaditas de zumo de limón
1 pizca de sal

Empezamos dejando en remojo los anacardos y las nueces de macadamia para la crema la noche anterior.

Precalentamos el horno a 175º y engrasamos los moldes.

En un bol, mezclamos las harinas, la levadura, el bicarbonato, la canela, la nuez moscada y la sal.

Aparte, batimos el puré de manzana con la leche de almendras, la vainilla, el azúcar y el aceite. Añadimos en tres veces la mezcla de secos e incorporamos la zanahoria rallada. Por último añadimos las nueces.

Vertemos en los moldes y horneamos unos 25 minutos o hasta que al introducir un palillo salga limpio. Dejamos enfriar sobre un rejilla.

Pasamos a la crema. Para ello, escurrimos los anacardos y las nueces. Y simplemente metemos todos los ingredientes juntos en un robot de cocina hasta que la mezcla vaya espesando y quede homogénea. Si veis que es muy espesa le podéis echar una cucharada más de leche de almendras.Tiene que quedar una textura suave.

Dejamos en la nevera al menos 30 minutos y ya podemos rellenar nuestro pastel y cubrirlo con la crema.

Bundt cake de avellanas

Ha caído un trozo a pesar de mis promesas. Delante del teclado descansa la taza de te y en el plato aún se ven las migas del pecado. Fuera hace frío, la tele suena y la lista de cosas por hacer es infinita. A pesar del frío voy enfundada con un vestido fino. Sé que mañana no me tocará otra que ponerme los pantalones que apenas me entran y me embutiré en un jersey que me hacen parecer a la oveja Shaun. Por lo que hoy aprovecho. Aprovecho también para desentumecer mis dedos con vosotros. Un ejercicio que había olvidado por las fechas de Navidad, las compras, los encargos de turrón y ese frenesí en el que vivimos en esa época y que me digo cada año nunca más. Pero que siempre acaba repitiéndose como el trozo de pastel de avellanas que ha caído a pesar de mis pesares.

Por lo que no pienso hacer balances y dedicarme a la evaluación continua que es lo que se lleva. Ni tampoco voy a marcarme propósitos de año nuevo. Simplemente dejaré que las cosas fluyan y ellas ya encontrarán cómo llegar al mar o crear un propio si hace falta.

En todo caso os deseo un feliz inicio de año y que esté lleno de momentos y proyectos bonitos.


Este ejercicio era necesario, porque cuando nos entumecemos es muy fácil caer en la desidia. Es como una bicicleta con las ruedas oxidadas. Te dices que tienes que seguir lo que te dicta el cuerpo en cada momento, pero a menudo son sólo excusas para no escuchar lo que nos dice el corazón. El cuerpo nos pide parar, pero esos parones son para coger impulso y crecer, fortalecerte. No para quedarte allí, en la desidia.


Total, que ahí, me puse chula y me dije de publicar aunque las fotos no fueran ideales. Una tiene que sacar su lado Pantoja de vez en cuando. Aunque ya podría salirme su cuenta bancaria.

Este año empieza cargadito pero iremos tejiendo el camino y si es necesario extenderemos nuevos puentes.

¿Qué tal si iniciamos el camino con este bundt cake de avellanas?

Bundt cake de avellanas

Ingredientes para el cake:

250g de mantequilla
225g de azúcar moreno
2 cucharadas de azúcar moreno (para triturar junto a las avellanas)
125g de avellanas tostadas sin piel
175g de harina
3 1/2 cucharaditas de levadura
1/4 de cucharadita de sal
5 huevos medianos
1 cucharita de extracto de vainilla

Para las avellanas caramelizadas (decoración):

150g de azúcar glas
300ml de agua
50g de avellanas tostadas y sin piel

Precalentamos el horno a 170º y engrasamos un molde de bundt cake de 20 cm (también lo podéis hacer en un molde normal.

Fundimos la mantequilla en un cazo a fuego medio hasta que coja un color dorado, lo colamos para separar el suero y la mezclamos con el azúcar moreno. Dejamos enfriar.

Con un robot de cocina trituramos las avellanas junto a las dos cucharadas de azúcar moreno. Con cuidado de que no llegue a soltar aceite.

En el bol de la amasadora mezclamos los secos: la harina, la levadura y la sal. Aparte, añadimos los huevos y la vainilla a la mantequilla y mezclamos bien.

Poco a poco vamos añadiendo la mezcla de mantequilla a los secos hasta que quede una mezcla homogénea. Acabamos, añadiendo la avellana triturada.

Vertemos la masa en el molde y horneamos unos 35-40 minutos. Dejamos enfriar sin desmoldar unos 10 minutos y después desmoldamos y dejamos enfriar sobre una rejilla.

Preparamos las avellanas caramelizadas. Es el mismo proceso que si quisieramos garrapiñarlas.

Mezclamos el azúcar y el agua en un cazo. Con la ayuda de un termometro calentamos hasta 121º. Vertemos las avellanas y con una cuchara de palo vamos mezclando y mezclando hasta que el azúcar coge una textura de arena y las avellanas estén bien envueltas.

Extendemos las avellanas sobre un papel de hornear para que se enfríen. Y acompañamos el pastel con las avellanas.

Vasitos de cheesecake de mascarpone con mermelada de mora y masa bretona

Miro los techos, miro hacía arriba. La luz parece purpurina al atravesar los viejos cristales de las puertas y el arco que los enmarca forma ya parte de mi retina. Miro a los techos miro hacía arriba. Mis pies aún tocan irremediablemente al suelo. Ese que han pisado generaciones enteras. El suelo es mi experiencia, mi consciencia pero también mis anclajes, mis miedos. Miro hacía al techo y me dijo que deberíamos mirarlo más. Nos perdemos tantos detalles al mirar al frente. Nos perdemos el presente, el estar. Si por mí fuera mi mirada se perdería en cada detalle que me rodea, desde los suelos gastados por su historia a los techos agrietados y burgueses que bendicen amorosos mi cabeza. Toco la madera, esas que tantas manos habrán tocado antaño.  Y me pregunto cómo serían sus vidas, sus sueños, sus miedos. Me pregunto si ellos también miraban los techos y si la purpurina de la luz bañó sus deseos.

 

Cada vez creo más que he nacido para reflexionar. En la vida hay personas que son sprinters natos. Yo hubiera sido la tortuga del cuento. No por falta de energía, que la tengo, ni de iniciativa, pero no soy una persona de tomar decisiones rápidas. Las mías son lentas, maceradas, aunque definitivas, ponderadas. No busques en mi alguien que te de una visión completamente distinta o una idea millonaria y revolucionaría. En mí por contra encontrarás una persona que pondrá en la báscula todos los ángulos, incluso los que no te has planteado, todos sus pros y todos sus contras y que los relacionará y desarrollará, que tirará de la cuerda. Hasta no hace mucho, muy poco, esto me agobiaba, me sentía lenta en un mundo que exige cada vez más decisiones rápidas, inmediatas. Me agobiaba ser siempre el pensamiento crítico, en un mundo donde todo te empuja a pensar en grande. Me agobiaba nadar siempre a contracorriente. Sin embargo me estoy reconciliando cada vez más conmigo misma, con mi estilo a fuego lento.


El mundo debería buscar la suma de distintos talentos para tomar las grandes decisiones. Debería encontrar el equilibrio entre las personas que son capaces de ver un proyecto de forma detallada sin perder el aspecto global para que luego otras personas tomen esas decisiones rápidas y a veces arriesgadas, que a los reflexivos a veces nos anclan. Pero si el mundo no es así, no puedo hacer nada. Ni él puede adaptarse a mí, ni yo a él. Tenemos que decidir entre vivir alineados con nosotros mismos o vivir sin ser nosotros. Y yo, en la medida de lo posible, decido ser yo.


Llevo ya tres semanas con el curso de Cristina Camarera, Un trabajo a tu medida, y con esa dualidad que la caracteriza, ha conseguido que me reconcilíe, que deje de frustrarme por no ser un cohete, por no querer dejar mi trabajo, por querer llevar mi proyecto personal en pararelo, para darme tiempo para descubrir, para probar, para construir nuevos puentes si es necesario. Los proyectos son como los libros. Te apasionan en determinados momentos de tu vida, te dejan indiferente en otras. Las personas evolucionamos y los proyectos con nosotros. Y a la vez me está dando la energía para emprender, para tomar acciones que mi naturaleza reflexiva anclan. Y este equilibro, me está permitiendo seguir avanzando, con una mirada más enfocada y definida.

Con esta reflexión y estos vasitos de cheesecake de mascarpone os dejo. Son unos vasitos para comer a cucharaditas, a fuego lento. No querréis que se te terminen os lo prometo y cuando miréis el vaso vacío os sentiréis un poco más felices. Ya me imagino vuestra sonrisa en la cara y esto me hace a mi también un poco más feliz.

Sé que he tardado en publicar, pero a veces la vida da giros, y nosotros tenemos que aprender a girar con ella, como si bailaramos un viejo swing.


Cheesecake de mascarpone con mermelada de mora
y masa bretona

Ingredientes para la masa bretona:

137g de mantequilla salada
45g de azúcar glas
5g de yema de huevo duro rallado
125g de harina floja
25g de fécula de patata (también sirve la harina de arroz)

Ablandamos la mantequilla con un golpe de microondas de manera que se pueda batir. Añadimos el azúcar, la yema de huevo, la harina, la fécula y mezclamos a mano con una espátula o en la amasadora. Extender entre dos hojas de papel de hornear. Colocamos sobre una bandeja de hornear (sin quitar el papel) y congelamos.

Precalentamos el horno a 160º y colocamos la masa congelado sobre la bandeja de hornear sobre un silpad. Horneamos sin descongelar unos 15 minutos y troceamos en caliente.

No cabe decir que esta en masa para galletas es brutal.

Cheesecake de mascarpone:

250g de mascarpone
80g de azúcar
1 huevo
2g de sal
30g de harina

Precalentamos el horno a 160º.

Mezclamos el mascarpone con la yema en un bol con la ayuda de unas varillas de mano. Añadimos la mitad del azúcar, la sal y la harina.

Aparte montamos la nata a punto de nieve y le añadimos el resto del azúcar.

Incorporamos de forma envolvente la nata a la preparación anterior con la ayuda de una espátula. Rellenamos los vasitos, a 3/4 del vaso porque sube, y cocemos unos 15/20 minutos.

Dejamos enfriar bien en nevera.

Montaje

Mermelada de mora (la podéis comprar hecha o hacerla vosotros, sólo tenéis que cambiar la fruta)
Moras y arándanos para decorar

Colocamos un poco de masa bretona sobre el cheesecake. En un cazo calentamos un poco la mermelada para que sea líquida y la ponemos por encima de la masa bretona, ponemos más masa y decoramos con las moras y los arándanos.

Pan de centeno integral con masa madre

La mirada cambia. La mirada nos acompaña en nuestro viaje personal. Se transforma, se expande, se detiene en los detalles. A veces esa mirada se contenta con el plano general. Es la mirada del que prefiere o decide no viajar. Viajar desde dentro hacia fuera. Es la mirada  del que sigue viendo en una puerta un simple marco rectangular. 


Mi mirada de pequeña perseguía las sombras. Las que se filtraban por los pórticos del balcón y jugaban caprichosas en el viejo suelo hidráulico. Mi mirada de pequeña perseguía hadas de luz bailando en la habitación. Pero mi mirada con el tiempo dejó de fijarse en los detalles. Se resistía, pues a veces la sorprendía parada en una ventana, o los reflejos del sol balanceándose sobre el mar, pero estaba demasiado ocupada en los grandes detalles que la vida le deparaba como para jugar.



Sin embargo volvió y  le permití entrar. Desde entonces se para en mis pies al despertar. En la tenue luz que se filtra entre las viejas puertas, en sus arcos y su cristales goteados y la escarcha en la pintura. Lazos que entornan cinturas que se niegan al paso del tiempo. No, aún no. El fuego al encenderse y esas manos que deberían cuidarse más agarrando el asa de la tetera. La mirada se entrena. La mirada siempre está. Es parte de tu viaje personal. Desaprender para aprender lo que sabemos de forma innata al nacer. Que la vida es un viaje largo, sin caminos rectos, a la que a veces tendrás que saltar, pero a la que menudo tendrás mejor que tender puentes.

Cuando publiqué la receta del brioche, a algunos os pareció compleja, con muchos levados. La verdad, es que nos abrumamos delante de las cosas que requieren cierto tiempo porque nos hemos acostumbrado a la inmediatez.  Me incluyo en ello. Inmediatez en las noticias, al comprar, al comer y al trabajar. Pero dejadme deciros que la vida es muy sabia y que entre levado y levado, mientras la naturaleza hace su curso, nos da un margen para hacer lo que queramos. Nos permite una ventana al mundo. El esfuerzo al final es mínimo, el resultado óptimo y nuestra alma agradece este proceso mágico.

Este pan de centeno integral con masa madre también requiere sus fases de levado. Primero para la masa madre, que podremos ir reutilizando para los siguientes panes, y después para el pan en sí. Pero veréis que es muy agradecido. No se tiene que amasar y es un pan fantástico, con un sabor fuerte y que dura días y días. Es más cuanto más días pasan más rico está. Y además ya veréis que cada paso no requiere apenas nada de elaboración.

La receta la saqué del libro Scandinavian baking. Un libro que compré en Dinamarca y que me encanta porque puedes imaginarte perfectamente sentado en una de sus cocinas, protegiéndote del frío en invierno. Son recetas tradicionales. Cocinar y hornear en casa es parte de su cultura. Y hacer pan también. La dureza del clima, les ha enseñado a valorar los pequeños detalles y las conversaciones alrededor de una mesa. Dicen, que a esta mirada, a este sentir, le deben la felicidad.

Este pan se suele acompañar con ingredientes salados en rebanadas bajo el nombre de Smorrebrod.

En el blog también encontraréis un pan de molde de centeno integral que aprendí con Iban Yarza.


Pan de centeno integral con masa madre


Ingredientes para la masa madre:

350ml de buttermilk (para hacer el buttermilk sólo tenemos que coger 400ml de leche y añadir 40ml de zumo de limón, mezclar y dejar reposar 10 minutos)
200g de harina de centeno integral

Mezclamos el buttermilk y la harina y cubrimos con un trapo. Dejamos reposar a 22-25º durante dos o tres días. Cuando empiece a hacer burbujas está lista para usar.

Ingredientes para el pan:

Día 1:
400g de masa madre
750ml de agua tibia
8g de sal
500g de harina de centeno integral
250g de harina de fuerza blanca

Disolvemos la masa madre con el agua tibia en un bol grande. Añadimos la sal y mezclamos con una cuchara de madera o en la amasadora con el gancho. Cubrimos el bol con un trapo y dejamos levar entre 12-24 horas a temperatura ambiente.

Día 2:

500g de granos de centeno (se tienen que dejar en remojo la noche antes)
250 de agua fría
Aceite vegetal para el molde

Añadimos los granos de centeno y el agua a la masa y mezclamos con una cuchara de madera. Es una masa líquida y no se puede amasar. Cogemos 400g de esta masa y la ponemos en un tupper. La dejamos en la nevera. Será nuestra masa madre para la próxima ve (dura una semana en la nevera y la tendremos que reactivar durante 3 días).

Pintamos con aceite vegetal un molde rectangular de unos 3 litros de capacidad y lo rellenamos a 3/4 con la masa restante. Cubrimos con un trapo y dejamos levar durante tres o cuatro horas. O hasta que la masa alcance el borde del molde. Pintamos con agua y añadimos semillas a nuestro gusto.

Precalentamos el horno a 180º y horneamos una hora y media. Dejamos enfriar sobre una rejilla.

Los podéis acompañar con lo que queráis. Pero a mi me gusta mucho con queso fresco. En la foto le añadía aguacate. También está muy rico con gambas, con tomate y huevo, con patata y mayonesa, salmón...las opciones son infinitas...

¡No os perdáis la receta del cheesecake de mascarpone la próxima semana!



Brioche casero

En mi casa los fines de semana el horno hace horas extras. Es el único momento en qué realmente dispongo de tiempo para desconectar y dedicarme a ello. En gran parte lo hago para compartir con vosotros estos momentos. Pero si preguntáis a mi sufrida familia qué pastel le gusta más, seguramente os responderán que ninguno en especial. Exceptuando mi hijo mayor que es un gourmet y un loco de los cheesecakes, todos prefieren un buen croissant, bizcocho o un vasito de crema. Y bueno, claro está, brioche. Brioche en todas sus formas y bien acompañado de mermelada, ganache de chocolate o a solas, como la magdalena de Proust.


No me quejo, porque reconozco que adoro los desayunos sin prisa y en familia los fines de semana. Cuando nos permitimos estarnos debajo la nórdica un rato más y la agenda de Calendar no señala nada. El ritmo se hace más lento, las tazas de café se vuelven a llenar y seguimos en pijama hasta tarde. Creo que este es sin duda uno de los secretos de la felicidad. Pero por alguna razón que se me escapa, sólo le dedicamos a estas cosas un pequeño espacio de nuestro tiempo.


Leí un interesante artículo del perfil de una amiga en Facebook. Se titula "La enfermedad de estar ocupado". Yo ya hace tiempo que he aceptado que tengo un busy habit. No puedo estar sin hacer nada, ni tan siquiera los domingos. Porque al fin y al cabo hornear es hacer algo, ¿o no? Lo he aceptado tanto que ya no pretendo no ser así. En realidad, fue mi coach hace un año quién me hizo entender que mi pretensión de encontrar tiempo para parar me estresaba aún más. Y que lo que debía hacer era disfrutar del tiempo que tenía para hacer cosas que me gustaran. Es decir disfrutar de lo que hago. Y confieso que soy feliz cuando en la mesa de la cocina nos reunimos todos para comer brioche sin prisa. Es un momento único que congelaría si pudiera.



El artículo, que os recomiendo mucho, menciona que en muchas culturas musulmanas, cuando quieres preguntarle a alguien qué tal le va, dices: en árabe, ¿Kayf haal-ik? o, en persa, ¿Haal-e shomaa chetoreh? ¿Cómo está tuhaal? Que viene a ser, ¿cómo está tu corazón hoy ?

Y aconseja que cuando alguien te diga que está muy ocupado le respondas: “Lo sé. Todos lo estamos. Pero quiero saber cómo está tu corazón.”

Creo que es un buen consejo. Es más, todos deberíamos preguntarnos a nosotros mismos: ¿Cómo está mi corazón hoy?


Brioche

Hablar de brioche, es transportarte a Francia. El brioche, la baguette y el croissant forman un triángulo que debió inspirar a Eiffel.

Es uno de los olores que más me gustan en la casa al hornear, cuando toda la casa se impregna. E incluso se escapa por el hueco de la escalera.

Se trata de una masa de larga fermentación, con poco azúcar pero mucha grasa, por lo que la amasadora aquí sí que es de gran ayuda. Aunque con paciencia, mucha, también se puede hacer a mano.

Hay varias formas de presentación. La primera imagen en un "brioche à tête". Son porciones de 35,50 o 80 gramos (lo tradicional son 80) y se hornean en moldes de magdalenas. Las otras imágenes son el "brioche de Nanterre" con el que se puede hacer rebanadas. Y aún aún más opciones como el "brioche" de nido de abeja que lleva masa de financier encima. En incluso el pain brioché, que es la versión pobre del brioche.

Se trata de una masa sin aromas. Aunque podemos añadirles si queremos. Como por ejemplo agua de azahar (muy poquita) o frutos secos, chocolate...

Antes de empezar con la receta. El molde precioso blanco de cerámica es de Claudia&Julia igual que la rejilla para enfriar que es de dos niveles y con la que no sé cómo he podido sobrevivir sin ella hasta ahora!

Ingredientes para un brioche grande:

500g de harina de fuerza (de 360 a 400w)
10g de sal
60g de azúcar
20g de levadura fresca
6 huevos
250g de mantequilla (ni muy fría ni pomada, sólo un poco blanda)

Amasado:

Ponemos en el bol de la amasadora la harina, la sal, el azúcar y la levadura.

En otro bol ponemos los huevos sin batir.

Añadimos un tercio de los huevos a los ingredientes secos y amasamos con el gancho de la amasadora a velocidad baja. Vamos añadiendo poco a poco el resto de huevos. Sólo cuando la masa empieza a desprenderse de las paredes añadiremos la mantequilla, muy, muy poco a poco y cortada en cuadritos. Para ayudar a la amasadora, paramos de vez en cuando la amasadora y recogemos la masa de las paredes.

El amasado sin la mantequilla dura unos 15 minutos más o menos. La mantequilla se tiene que añadir muy poco a poco y no añadimos más hasta que la masa haya absorbido la anterior.  Cuando la masa ha cogido toda la mantequilla subimos la velocidad rápido un minuto más.

El amasado total más o menos dura unos 25-30 minutos. Es importante no pasarse porque se sobrecalienta. Idealmente la masa no debería sobrepasar los 24º. Lo notaréis porque se desprende del bol cuando se amasa.

La masa no es muy compacta pero no se tiene que enganchar en las manos. La boleamos al aire. Si se engancha, la dejamos reposar en el bol cinco minutos más y luego la volvemos a trabajar unos cinco minutos más a velocidad media.

Primer levado:

Una vez la tenemos y la hemos boleado al aire, la dejamos en un bol de plástico, cubrimos con film y dejamos fermentar una hora más o menos, o hasta que doble el volumen.

Segundo levado:

La chafamos con la mano (sobre el film) para romper burbujas y la dejamos en la nevera 12 horas. Durante esas horas si podemos presionar sobre la masa un par de veces más, es mejor. Se dividen las células de la levadura y el resultado es mucho mejor.

Formado:

Al día siguiente es cuando la formamos. Veréis que la masa es compacta y mantecosa, pero que,  cuando la empezáis a formar con un poco de harina en la superficie de trabajo, de golpe resulta bastante flexible.

Para el brioche à tête, o sin tête en mi caso, hacemos porciones de entre 35g y 80g, y los ponemos en moldes de magdalenas previamente untados con mantequilla. La "tête" se hace haciendo un churro con la masa y apretando luego con el dedo como si fuera una sierra en un extremo. Tiene que quedar más o menos como un bolo. Luego se pinza  la "tête" con los dedos, para hacerla más estrecha, y se pone la parte gorda del "bolo" en el interior del molde. La "tête" la tenemos que encajar en medio, ayudándonos con los dedos. Para ello, pondremos el dedo alrededor presionando hacia abajo (tocando el fondo del molde). El resultado final es como si fuera una seta al revés. (Nota: ya sé que tengo que hacer vídeos, justo me apunté a un curso, que conste).

El brioche de Nanterre, que es el que hago más yo, se hace en un molde rectangular, como el de Claudia&Julia. O de metal. Se puede hacer un par de 300g en un molde de unos 20 cm o uno grande como el que he hecho yo. Lo cubrimos con papel de hornear. Tiene que llenar sólo el tercio del molde porque sube, ¡y mucho!

Para hacerlo se hacen bolas del mismo peso sobre una superficie un poco (un poco solo) enharinada y las colocamos en el molde en una o dos filas, enganchadas las unas a las otras.

Tercer levado:

Dejamos fermentar una hora y media más. Y aprovechamos para precalentar el horno a 180º para los grandes y a 200º para los pequeños.

Horneado:

Pintamos nuestras piezas con huevo batido y una pizca de sal.

Horneamos unos 7 minutos para las piezas de hasta 50g. 15 minutos para las de 300g y en mi caso unos 40 minutos para la gigante.

Depende mucho del horno. La temperatura interior del brioche tiene que ser de 95g. Como el pan. Para esto necesitáis un termómetro.

Tiene que estar dorado por encima, aunque yo me pasé demasiado. Para evitar esto, poned un papel de aluminio encima cuando se hornee si veis que se dora demasiado.

Bon appétit! Y recordad, preguntaros: ¿cómo está mi corazón hoy?


Cake de oreo

El silencio de la casa, la oscuridad que la envuelve, el frío bajo sus pies al levantarse. Pereza. El despertador no tiene clemencia y Ana se deja caer. Es un costumbre que ha adoptado con el paso de los años. Dejarse caer desde el borde la cama. Al caer arrastra las sábanas y él emite un ruido de queja. Ella quisiera gruñir cuál oso en una cueva.

¿Dónde están las malditas zapatillas?  El otoño empieza a hacerse sentir y le hubiera gustado cubrirse con una bata, pero Ana desiste. En días así encendería la luz sin remordimientos y obligaría al mundo a levantarse con ella.  


Su hijo ya está en la cocina. El vínculo del madrugar los une en el silencio alrededor de la mesa.

Ayer fue domingo y aún queda cake en la nevera. Ambos se mueven en silencio en un lenguaje tácito e invisible que les une. No siempre guardan silencio para callar, callan para guardar la paz.

Hay tantas cosas que les unen. Hay tantas cosas que les separan. Sólo el ruido de las oreo al crujir rompen su ritual.

Ella desistió de las zapatillas y se sienta los pies descalzos y los brazos desnudos. A él le cubre la bata y las zapatillas de invierno. Dos generaciones, dos mundos, unidos por una cucharada y el silencio de la cocina. 

Ana revisa los mails, las redes sociales. En su cabeza se agolpa una lista de cosas por hacer. Son apenas las 7 y el tiempo apremia. Ninguno de los dos aparenta prisa. Sus gestos son lentos, mesurados. Aunque no lo mencionen, no cambiarían por nada ese momento en la mañana.


Cake de oreo

Ingredientes para las genovesas de oreo:

Para preparar las dos genovesas de oreo, necesitaremos dos moldes desmontables de 15 cm.

50g de mantequilla pomada
170g de azúcar blanco
125ml de leche
1 cucharada pequeña de vainilla en polvo
130g de harina floja
1/2 de cc de levadura química
La clara de un huevo
8 galletas Oreo de tamaño normal

Precalentamos el horno a 180º y untamos con mantequilla pomada los moldes. Para pomar la mantequilla sólo tenemos que darle un golpe de microondas para que coja una textura que permita batirla.

En la amasadora batimos con la pala la mantequilla y el azúcar hasta conseguir una mezcla de un color amarillo pálido. Incorporamos la leche, la vainilla y seguimos mezclando hasta conseguir una textura homogénea.

En un bol aparte mezclamos la harina con la harina y la añadimos a la mezcla anterior. Seguimos mezclando y añadimos la clara de huevo.

Finalmente, troceamos bien las galletas y las incorporamos a la masa. Repartimos la mesa de forma equitativa en los dos moldes y horneamos unos 25 minutos.

Ponemos los moldes boca abajo sobre un rejilla y esperamos un poco antes de desmoldar. Dejamos enfriar.

No apagamos el horno porque vamos a hacer la genovesa de chocolate.

Ingredientes para la genovesa de chocolate:

Para la genovesa de chocolate que irá en medio del pastel, necesitamos otro molde de 15cm. Puede ser uno de los dos que habéis utilizado antes.

25g de mantequilla
75g de harina floja
25g de cacao en polvo (sin azúcar)
1/2 cc de levadura química
1/2 cc de bicarbonato
110g de azúcar blanco
1 huevo mediano
75ml de leche
50ml de agua hirviendo

Untamos con mantequilla el molde.

Fundimos la mantequilla y la dejamos enfriar un poco.

En un bol juntamos los secos: la harina, el cacao, la levadura y el bicarbonato. Tamizamos sobre un papel de cocina.

Ponemos la mezcla de secos en el bol de la amasadora y juntamos el resto de ingredientes hasta conseguir una mezcla homogénea. Vertemos en el molde y horneamos unos 30 minutos.

Dejamos enfriar boca abajo sobre una rejilla. Esperamos un poco antes de desmoldar.

Ingredientes para el relleno

300g de queso Philadelphia
100g de azúcar glas
300ml de nata para montar
6 galletas Oreo de talla normal

En un bol mezclamos el queso con el azúcar. Aparte montamos la nata. Añadimos la nata montada a la mezcla de queso y mezclamos con una espátula a manos de forma envolvente.

Trituramos los Oreo. Separamos un tercio de la mezcla en un bol y le añadimos los Oreo. Esta parte nos servirá para rellenar el pastel y el resto (blanco) para cubrirlo. Reservamos la mezcla blanca en la nevera para que coja un poco más de cuerpo.

Decoración

14 galletas Oreo de tamaño normal

Galletas mini Oreo

Montaje

Ponemos en un plato o base una de las genovesas de Oreo. Yo utilicé este tan bonita de Claudia&Julia. Con la ayuda de una manga pastelera, cubrimos con el relleno de Oreo. Tapamos con la genovesa de chocolate y añadimos una capa más de relleno de Oreo. Cubrimos con la segunda genovesa de Oreo.

Cubrimos la tarta con la mezcla de queso blanca. Lo hacemos en varias veces. Dejándolo en la nevera entre vez y vez.

Trituramos las galletas de tamaño normal en un robot de cocina, hasta conseguir una textura de polvo y cubrimos todo el pastel. Lo hacemos con paciencia, con la palma de la mano presionando con cuidado hasta cubrir  la totalidad del pastel.

Cuando hemos conseguido el resultado que queremos pasamos un alisador de los de fondant, o en su defecto acabamos de alisar con la ayuda de una cuchara.

Sinceramente, esta muy rico. Me recordó a los pasteles que se comían en Copenhague mientras fuera así frío. La receta es del libro de Linda Lomelino, Lomelino's cake que yo tengo en francés, pero que podéis encontrar también en inglés.





Brownie cheesecake con frambuesas

Abro este post hoy sin más historia que la protagonista de este blog, una misma. Hoy no hay Eustaquios, Clementinas ni Camilas. Y lo hago con un post que no estaba destinado a serlo. Me explico. Este brownie cheesecake estaba única y solamente destinado, a Instagram. Pero como estaba tan rico y gustó tanto, me decidí a compartir la receta aquí.

Como algunos, algunas, ya habréis notado, estoy intentando conseguir una galería más homogénea. Es decir, más bonita. Por lo que intento reprimir un poco mi instinto de colibrí y ser un poco constante. Tanto en contenido como en estilo. Lo cuál, creedme no es fácil. Ni por tiempo, ni por mi propia naturaleza que ya está pensando en cambiar tanta clave alta en baja. Es decir pasar de los colores claros a los oscuros.


No me juzguéis, soy una persona que se cansa con la rutina, a quién le gusta experimentar y simplemente no lo puedo evitar. Por lo que quizá, a menos que contenga el Hulk que hay en mí, este brownie cheesecake será una de las últimas fotos en clarito que salgan en mi cuenta y las luces del otoño empezarán poco a poco a dar juego a otros tonos.

Todo esto para justificar que las fotos no eran en alta resolución y mucho más Instragrameras que lo habitual os habréis dicho, pero en mi pueblo a lo mío lo llaman ser un culo inquieto. Y el mío encima da mucho para moverse.

Últimamente funciono un poco distinto. Si pienso en una receta que va a ir al blog hago fotos con el móvil para IG y fotos con mi cámara más en línea con el blog. Doble sesión vaya. Pero si sólo pienso en IG entonces las hago todas con el móvil y suele ser más pastelería americana, como este brownie. Porque me resulta más sencillo, y también sé que suele gustar mucho. Y no lo voy a negar, la encuentro ideal para un desayuno o merienda en familia. Que es justo cuando puedo hacerlo, los fines de semana.



Como las protagonistas de mis historias, sigo buscando mi equilibrio personal, emocional y físico. Cada vez disfruto más de la pastelería sin generarme frustraciones por no poder dedicarme a ella plenamente (miento, a veces me da el bajón). Pero nunca dejo de mirar al cielo, eso nunca. Y por este motivo, me he afianzado el libro de Susana Torralbo, Palabras con efectos secundarios para seguir mejorando en mi estilo de redacción de la mano de una de las grandes; me he inscrito al curso de Cristina Camarera, un trabajo a tu medida, para seguir alimentando mis sueños; al de fotografía de retrato de Encandilarte; y a uno de flores de buttercream con la gran Ivenoven. Ya sé, suena a mucho. Pero en realidad he descartado por ejemplo los cursos en Espai Sucre, Chocolate Academy u otros sitios más profesionales a los que de momento no puedo hacer frente. Aunque os cueste de creer, estoy siendo selectiva y comedida, en el sentido de que hago lo que está a mi alcance y no dejo que esto me genere frustración. Pero sin dejar de crecer, soñar y sobre todo aprender.

Ah y sí, pienso comprarme un camisón blanco y largo para ir más acorde con mi estilo de duquesa decadente que estoy adoptando últimamente. Y también para hacerme fotos que se me antojaron algunas ideas.

¡ Y ahora por favor contadme vuestros planes en los comentarios!¡Quiero saber de vuestros camisones, calzoncillos o lo que os apetezca!

Por cierto, la receta es del libro de estilismo de la gran Linda Lomelino.

Brownie cheesecake con frutos rojos

Ingredientes para un brownie de 20 cm:

225g de mantequilla
4 huevos
370g de azúcar blanco
90g de harina
Una pizca de sal
80g de cacao en polvo sin azúcar
1/4 de cucharita de café de vainilla en polvo

Precalentamos el horno a 175º.
Fundimos la mantequilla.
Batimos los huevos con el azúcar hasta blanquearlos. En un bol aparte, mezclamos los secos: la harina, la sal, el cacao y la vainilla. Juntamos la mezcla de secos con los huevos hasta conseguir una masa homogénea. Vertemos la masa sobre un molde de unos 20/25 cm que habremos previamente pintado con mantequilla pomada.

Ingredientes para el cheesecake:

300g de Philadelphia
45g de azúcar
1 huevo
4 cucharadas soperas de harina
125g de frambuesas

Batimos el queso en crema, el huevo, el azúcar y la harina hasta obtener una masa homogénea y fluida.

Vertemos la preparación encima de la masa de brownie y pasamos con cariño un tenedor para dar un efecto marmolado. Colocamos las frambuesas por encima.

Horneamos durante unos 45 minutos, o hasta que al pinchar con un palillo salga seco. Dejamos enfriar.



Pastel marmolado de chocolate y albaricoque

El señor Eustaquio se paseaba nervioso por la escalera. Sus ojos denotaban preocupación y, un poco de indignación. Miraba arriba y abajo por el hueco del ascensor ¿Cómo era posible que nadie lo hubiera notado?

Era un domingo cualquiera y la escalera aún no había despertado. Excepto por algún grito infantil.

Su mujer, Clementina, daba vueltas nerviosa en la habitación. Sus rasgos recordaban la belleza de un tiempo anterior. Pero los tintes, los hijos y una vida resignada al servicio del hogar, la habían convertido en un prototipo de señora de la casa. Bata de rayas, zapatillas de canalé incluída. Ambos llevaban en la finca sus bien 50 años y se habían fundido con la historia del inmueble y cada una de sus paredes. Había sido una noche de insomnio, de vueltas en la cama sin dormir. ¿De dónde vendría? ¿Quién sería el responsable? ¿Cómo no habían podido darse cuenta antes?

Finalmente Eustaquio sonó el timbre. Era apenas las 10 y oyó unos pies descalzos acercándose a la puerta. El sonido de la cadena abriéndose y de la puerta al abrirse. Ella le sonrió. El pelo algo alborotado y el pijama floreado. Llevaba las uñas de los pies pintadas y en el interior se oía el ruido de los platos y las tazas sobre la mesa. Enseguida se persuadió, era ella, la responsable. El olor no dejaba lugar a dudas.

Buenos días señor Eustaquio, ¿le apetece entrar? Justo empezábamos, les estamos esperando. ¿Un trocito de pastel marmolado? Si el olor en la escalera le gustó, tiene que probar su sabor. Y sin más, Eustaquio, entró y se sentó, Clementina tendría que esperar una vez más.

Pastel marmolado

Este pastel marmolado, pensaréis, es un clásico. No tiene nada de innovador. No implica ninguna técnica especial, ni clases de pastelería, pero su sabor es delicioso y desde mi punto de vista una manera magnífica de empezar la mañana o el fin de semana.

Pastel marmolado


Es una versión danesa y acepta miles de improvisaciones. Es fácil de hacer y de recordar y es ideal para acompañar con un buen café. Le podéis añadir frutos secos y cualquier tipo de fruta según vuestros gustos. Y os aseguro que os encantará desde el primer bocado. Es un tipo de pastel que realmente me transporta a la infancia y los momento de mesa en familia. ¿Qué os parece la propuesta?

Pastel marmolado de chocolate y albaricoque

Ingredientes para un cake de unos 25 cm:

250 g de mantequilla
250 g de azúcar glas
4 huevos
220 g de harina
50 g de chocolate negro al 60%
2 cucharadas soperas de cacao sin azúcar
50 g de albaricoques secos

Precalentamos el horno a 180º.

Cortamos en trocitos la mantequilla y la pomamos un poco al microondas. No tiene que fundirse, sólo tiene que tener una textura que nos permita batirla.

Batimos el azúcar junto a la mantequilla hasta que obtenemos una crema homogénea. Batimos ligeramente los huevos y los vamos añadiendo poco a poco. Ponemos la harina y mezclamos bien.

Dividimos la masa en dos boles. En uno le pondremos el cacao y el chocolate cortado en trocitos. Mezclamos bien con una espátula.

Pintamos con mantequilla un un molde de plum cake y vertemos la masa con chocolate. Cubrimos con los albaricoques cortados a trocitos pequeños. Vertemos encima la masa sin chocolate y con una espátula o cuchara movemos de arriba abajo en varias partes del molde para que se mezclen un poco las masas. O mucho, depende de cómo os guste.

Horneamos más o menos una hora, o hasta que al pinchar en el centro con un palillo salga limpio.

Dejamos enfriar y a disfrutar.



Pastel marmolado

Tarta Saint Honoré

Las vacaciones quedan lejos ya para este desgatado cuerpo. El sol y un ritmo más tranquilo le conceden pero una tregua. El verano aún se deja querer con sus largos días y su calor sofocante que le obliga a parar. Todo es más lento en verano y de pie en la ventana se pregunta por una extensión de este paréntesis en su ajetreada vida. Paréntesis en el que recobra el placer de las pequeñas cosas. Las tardes en las terrazas, los paseos, el sol acariciando su cara y la luz que transforma la sala en un océano de paz, el tacto de la harina entre sus dedos. 

De pie en la ventana, el reflejo del Saint Honoré en el cristal le tienta y decide alargar ese momento un poquito más.


Este cuerpo cada vez más desgastado a quién sin embargo aún le quedan muchas batallas por luchar, por conseguir, por amar. Un reflejo, un sentir, un pensar. Todas las batallas que se formaron, todas las que venció, todas las que perdió y perderá, le han concedido un áurea especial. La que ahora se refleja sentada frente a su Saint Honoré.


De todas ellas aprendió, ninguna fue en vano. Y ahora este cuerpo desgastado al que aún le queda tanto por gritar, por hablar mira hacia delante y da gracias a ese pasado que tanto le ha hecho madurar, crecer, aprender y soñar.


Sin quererlo ni beberlo, nos plantamos a medianos de septiembre. Las rutinas vuelven junto a la escuela y al trabajo. Pero a mí, que las vacaciones me quedan ya muy lejanas, este verano lo he disfrutado de una manera especial. No puedo decir que esté más descansada, ni que haya conseguido avanzar en la enorme lista de cosas por hacer, pero he conseguido un equilibrio interior raro en mí. Creo que este sol que aún consigue hacernos sudar ha tenido algo que ver. Como si a él también le costara despedirse de nosotros. Y yo disfruto y agradezco cada rayo que nos ofrece. Algo que reflejo en mis fotos que se resisten a dejar el blanco.

Pido disculpas si la frecuencia del blog no es muy regular, pero me estoy permitiendo ser un poco perezosa. Y, ¿sabes una cosa? Tu también lo deberías ser.

Tengo ganas de introducir nuevos contenidos al blog, al margen de las recetas, y también de atreverme a mostraros algunas más complejas, pero todo se andará. De momento os dejo con este gran clásico de la pastelería francesa: un Saint Honoré.


Saint Honoré

La tarta Saint Honoré lleva el nombre del patrón de los panaderos. Aunque su nombre también puede tener origen en la calle Saint-Honoré de París donde tenía la pastelería el famoso pastelero Chiboust en el siglo XIX y que dicen que inventó esta tarta y la maravillosa crema con la que va rellena.

Se compone de una base de hojaldre o masa brisa, coronada por masa choux rellena de crema Chiboust y caramelo. Con esta receta no sólo podréis aprender a hacer la tarta sino los famosos profiteroles, los éclairs, los roscones de nata y mil otras variaciones. ¿Vamos a por ella?

Ingredientes para la masa choux:

1 base de hojaldre (yo en esta ocasión la compré, otro día os enseño cómo hacerla)
125 ml de agua
1/2 cucharada de café de azúcar
1 pizca de sal
55g de mantequilla cortada en trocitos
70g de harina floja
3 huevos pequeños
1 huevo batido para pintar

Precalentamos el horno a 180º. En un cazo vertemos el agua, el azúcar, la sal y la mantequilla y la calentamos a fuego medio.

Cuando la mantequilla se funda, apartamos del fuego y añadimos de golpe la harina. Mezclamos con unas varillas de mano hasta que la harina se absorba totalmente. Volvemos a llevar al fuego 30 segundos para quitar la humedad. Volvemos a apartar. Batimos un poco los huevos y los vamos añadiendo poco a poco sin dejar de mezclar con las varillas de mano. No tiene que quedar ni demasiado compacta ni demasiado líquida. No es necesario añadir todo el huevo si vemos que ya tiene la textura que queremos. Rellanamos una manga pastelera con una boquilla no muy grande. Pintamos con mantequilla y harina una placa de hornear y formamos encima pequeñas bolas de masa choux de unos 3 cm de diámetro. Dejando espacio entre ellas para que no se junten al hornear. Guardamos el resto de masa que nos queda.

Pintamos con huevo batido y horneamos unos 25 minutos sin aire y sin abrir el horno. Cuando estén cocidos los dejamos enfriar sobre una rejilla.

Cortamos la masa de hojaldre con un círculo de unos 20 centímetros y la pinchamos con un tenedor. Hacemos un círculo alrededor de la masa de hojaldre con la masa choux que nos haya sobrado y hacemos otro círculo más pequeño en el interior. Horneamos unos 20 minutos a 180º.

Ingredientes para la crema Chiboust:

5 hojas de gelatina
120g de yemas de huevo (unos 6 huevos)
150g de clara de huevo
25 g de Maïzena
250ml de leche entera
1 vaina de vainilla
50 g de azúcar blanco (para las yemas)
50 g de azúcar blanco (para las claras)

Esta crema es un poco más ligera y suave que la crema pastelera pero la elaboración es muy, muy parecida a la que ya os he enseñado a hacer en otras recetas.

Ponemos en remojo, en agua bien fría, las hojas de gelatina. Las escurrimos y secamos con un papel de cocina y reservamos.

En un bol batimos las yemas con el azúcar y la Maïzena. En un cazo hervimos la leche con la vainilla abierta de arriba abajo. Incorporamos la leche caliente (retiramos la vaina) sobre la mezcla de huevo, mezclamos y volvemos a meter al fuego hasta que se espese. Retiramos del fuego y le añadimos la gelatina.

Montamos las claras de huevo añadiéndole poco a poco el azúcar. Una vez montadas, añadimos un poco de claras a  la crema, mezclamos con fuerza y añadimos el resto de clara, esta vez mezclamos con cariño, de forma envolvente.

Rellenamos una manga pastelera y rellenamos los choux por la base. Reservamos el resto de crema.

Ingredientes para el caramelo:

400g de azúcar blanco

Vertemos en un cazo un poco de azúcar hasta que se funda a fuego lento y vigilando que no se queme, mezclando con una espátula de madera. Añadimos un poco más de azúcar sin dejar de remover. Y acabamos de añadir el resto. Cuando coja un color dorado, paramos el fuego y mojamos la punta de los choux con mucho cuidado de no quemarnos los dedos.

Vamos colocando los choux alrededor de la masa de hojaldre. Con el resto de crema rellenamos el círculo pequeño que hemos hecho en el centro del hojaldre. Y acabamos de decorar si es posible con una boquilla Saint Honoré el resto de la masa (yo no lo he hecho porque añadí los arándanos) .

¡Buen provecho!

Vasitos de crema de caramelo

Un, dos, tres, se funde en mi paladar. Un, dos, tres, dulzor infinita. Un, dos, tres, mis ojos se cierran, se dejan llevar por la lujuria de tu textura. Mi caramelo, mi sol. Los días se funden como tu sabor en mi boca. Mi caramelo, mi sol, no huyas. Que tus días he esperado con ansiedad y me dejado caer en tu desidia.



María se estira, los pies en la barandilla, el alma en el cielo. El sol le acaricia la cara y ella se deja balancear. El vértigo justo para que las mariposas crezcan alrededor de su ombligo. Cierra los ojos y el sabor a caramelo explota en su boca. Recuerdos de viernes en el mercado cuando su madre le compraba caramelos que no conseguía despegar de sus dientes. La crema se funde en su boca y María intenta retener en vano su textura. Se funde, se funde. Dejando un mar salado y dulce. El vaso en el cemento del balcón. Los pies aún en la barandilla, vuelve a dejar balancear la vieja silla y que el sol le bese los labios.


Un mes, un mes ni más ni menos que no me dejaba caer por aquí. Y es que efectivamente me he dejado llevar por la desidia. La de los días de sol, de fines de semana fuera y vacaciones sin apenas wifi. Sí, me he dejado llevar sin más y me lo he permitido. Aunque mi angelito bueno me decía que me tenía que poner, mi cuerpo no acompañaba. Y es que reconozco que estoy cansada y ni tan siquiera estos días de desidia han conseguido darme una sensación de reposo. En Instagram, los que me seguís, habréis visto que tampoco es que no haya hecho nada, pero el blog se me hacía cuesta arriba. Y estas dos últimas semanas que apenas he tenido niños en vez de aprovechar para ponerme al día, me he dedicado a ir de restaurante en restaurante en plan parejita sin remordimientos. Y la lista de "to do" se ha quedado ahí, aparcadita.



Pero hoy vuelvo y lo hago con un clásico muy fácil de hacer. Una crema de caramelo que no por su humildad está menos buena. Está deliciosa y son ideales si tenéis invitados. Los podéis decorar con nata y chocolate si les queréis dar un toque más decadente.

Vasitos de crema de caramelo

Como os he comentado la crema de caramelo es un clásico. Un clásico francés. No encontraréis restaurante que no lo incluya. No encontraréis un supermercado que no lo ofrezca. ¿Y qué ocurre con los clásicos? Pues que encontrar una buena receta entre los miles que ofrece M. Google es complicado.

La que paso a explicar seguramente no es la más auténtica. La mayoría son más parecidas a un flan. Pero esta me gusta por su textura, es realmente una crema. Había probado de hacer muchas recetas y al final, mira por donde me he quedado con la de Linda Lomelino. Aunque la explicación no era genial.

Ingredientes para 3 vasitos:

250 ml de nata líquida
Una pizca de sal
Media vaina de vainilla abierta en dos
4 yemas de huevo
80 g de azúcar moreno
25 g de mantequilla

Precalentamos el horno a 150º. En un bol batimos las yemas de huevo ligeramente. En un cazo vertemos la nata, la sal y la vainilla y calentamos a fuego lento sin que llegue a hervir. Aparte, en otro cazo, preparamos el caramelo juntando el azúcar con la mantequilla. Cuidado, en cuánto empiece a humear apartamos. Tiene que quedar liso, como un tofe. Es muy fácil que se os queme si os despistáis. Va más rápido de lo que parece. También evitad acercar los ojos encima y sobre todo vigilad en no quemaros vosotros. Si se os quema volved a empezar. Dejad el cazo con el caramelo quemado en agua y veréis que sale muy bien sin necesidad de fregar.

Cuando tengamos el caramelo listo, le añadimos la nata con la vainilla. Subirá y hará burbujas. De nuevo, vigilad en no quemaros. Mezclad bien con una cuchara de madera hasta conseguir una buena textura. Verted un poco de esta mezcla sobre las yemas batiendo rápido y verted las yemas con el poco de caramelo en el cazo con el resto de caramelo y nata. Acabad de mezclar con unas varillas de mano. No tiene que quedar espeso porque lo vamos a cocer al horno al baño María.

Vertemos en los vasitos y los colocamos en una bandeja con paredes altas.

Calentamos agua en una olla y la vertemos en la bandeja de manera que cubra hasta la mitad los vasitos de crema. Tapamos bien con papel de aluminio y lo ponemos en el horno.

Otra vez tenemos riesgo de quemarnos con el agua si inclinamos la bandeja, porque además con el papel de aluminio no vemos el interior. Yo preferí meter primero la bandeja en el horno, y a riesgo de perder temperatura en el horno, llenar después de agua.

Dejamos hornear al baño María unos 50 minutos. La crema tiene que haber cuajado un poco pero no del todo. Se acabará de cuajar en la nevera.

¿Qué os ha parecido?


Vasitos veganos de mousse de coco y chocolate

Reconozco que me ha envuelto la pereza y he retrasado la publicación de esta receta. Lo hago ahora con los Alpes a mis espaldas asomando por el balcón que en un ratito nos servirá para el aperitivo.

Desde él veo las montañas y los campos de heno pintados de amarillo y el rojo de las amapolas. El sol los acaricia dulcemente y a mí y la peque nos gusta perdernos entre ellos. Ella persiguiendo las mariposas, yo las amapolas.  

Los que me seguís en Instagram ya habréis visto que la galería ha cambiado de color estos días y el verde prevalece. Picnics, paseos a veces más fáciles, otros más difíciles, pero siempre adaptados al ritmo de la pequeña que al ritmo de las mariposas y de las flores acaba subiendo y subiendo. Mientras yo me maravillo por esta su autenticidad y frescura, y me pregunto cuándo perdimos la capacidad por sorprendernos.

Los vasitos de hoy son mi primer intento por empezar a adaptar algunas de mis recetas a otro tipo de alimentación. Pero para los que no seáis veganos, no os preocupéis, porque os daré la receta original para que las podáis hacer a vuestro gusto.

Llevo siguiendo desde hace algún tiempo a varios blogs como Lala Kitchen y Danza de fogones. En primer lugar porque cada vez más intento huir de azúcares, leche de vaca y productos procesados durante la semana y también porque me fascina la creatividad por elaborar productos parecidos con otros ingredientes. 


No os sorprenda pues, si de vez en cuando, cuelo una receta así. 




Vasitos veganos de mousse de coco y chocolate

Para la mousse de chocolate (para unos tres vasitos):

Si queréis hacer una mousse normal os recomiendo seguir la receta del Trio de chocolates, pero sólo cogiendo la mousse de chocolate negro. Si queréis hacer la versión vegana seguid la receta que saqué de Danza de fogones:

1 aguacate
150 g de jarabe de ágave
50 g de cacao en polvo sin azúcar
50 g de leche (utilicé leche de avena)
1 cucharada de extracto de vainilla

Es tan simple como poner todos los ingredientes en una batidora y dejar reposar en la nevera durante una hora.

Para la mousse de coco:

80 g de pulpa de coco (mejor si la compráis ya congelado porque sino quedan fibras)
15 g de azúcar o de jarabe de ágave
1,5 g de hoja de gelatina o agar-agar (1 gramo de agar-agar equivale a 6 gramos de hojas de gelatina en hojas)
100 g de nata semi-montada (crema de coco bien fría)

Trituramos la pulpa de coco con un robot de cocina si no hemos conseguido la pulpa congelada. 

Ponemos en agua bien fría durante 10 minutos la hoja de gelatina. Si sois veganos la podéis sustituir por agar-agar. El agar-agar normalmente viene en polvo y se tiene que disolver con agua hirviendo. Normalmente se utiliza en un proporción de 2.5 g por cada medio litro de líquido. Por líquido entendemos desde agua a zumo, leche, etc.  Formará una gelatina una vez la temperatura baje a los 35º. Preparad pues la gelatina de agar-agar antes y tened en cuenta que 1 gramo de agar-agar equivale a 6 gramos de gelatina en hojas. Por lo que tendréis que utilizar apenas un poquito. 

Calentamos en un cazo la mitad de la pulpa con el azúcar o jarabe de ágave. Secamos la hoja de gelatina y la añadimos a la mezcla de pulpa de azúcar, o el agar-agar. Incorporamos el resto de pulpa. Mezclamos y dejamos enfríar hasta 26 grados. 

Semi-montamos la crema de coco o la nata hasta que se marquen las barillas y la añadimos con espátula a la mezcla de pulpa de coco. Dejamos enfríar en nevera una hora.

Para montar los vasitos colocamos la mousse de coco en una manga pastelera y la mousse de chocolate en otra e las intercalamos. Yo las decoré con láminas de coco.



Cheesecake de limón con merengue

Nariz respingona y cuerpo pequeño. Toda ella me recuerda a Samantha.  Y en cualquier momento espero que empiece a crear magia al ritmo de su nariz. Pero a ella no le hacen falta trucos para crear magia. Ese cuerpo menudo, fuente de energía inagotable, funde el conocimiento del ayer con el del mañana. Tras una eterna sonrisa, esconde una historia a veces no tan amable y abraza el presente. Madre, hija, amante. Es aún joven y sus caderas se mueven al ritmo de la tierra. Las barreras no se hicieron para ella aunque sus ojos denoten el cansancio de un fuego que a veces cuesta mantener. Es verano y renace. Como si el sol alimentara su piel. Como los limones al sol.


Es hora de cerrar curso, trabajo, festivales. Julio es la puerta a un tiempo donde por fin podrá quitarse esa pesada mochila. O al menos parte de su contenido. Su cabeza inquieta se muestra ansiosa por poder, al fin, sacar esa lista de cosas que nunca alcanza a acabar a pesar de su energía, a pesar de su sonrisa. Esa receta pendiente, pintarse las uñas, ir a la peluquería y quién sabe, hasta una siesta.

La brisa consigue filtrarse tras la ventana de la cocina y tras ella las cortinas juegan caprichosas. Su pelo también y sus manos se apartan púdicas de la mesa. Mariposas en su estómago.


Mi cuerpo ya no es menudo, como el de la protagonista de hoy. Desde que dejé mi segunda lactancia hace tres años no consigo volver a enfundarme en una talla S. El cansancio me impide mantener una dieta a largo plazo y también ir al gimnasio más a menudo. La edad no perdona, y el stress tampoco. Pero sí que sigue siendo nervioso, como mi mente. E intento alcanzar a todo, hasta a veces el cielo y las estrellas.

Al final mi cuerpo ha decidido poner un freno que a mi me cuesta encontrar con buena torcida de tobillo que me ha dañado un ligamento. Cómo no a tres días de vacaciones. Parece pero que podré igualmente hacer paseos en los Alpes en unos pocos días si me controlo. Aunque no tan ambiciosos. Y que por lo tanto podré moverme, aunque menos, tras mi querida cámara. De la que echo de menos su tacto.

Antes os dejo con esta receta de cheesecake de limón y merengue, del libro She´s cake, de la pastelera francesa Séphora Saada. Un libro íntegramente dedicado a cheesecakes con múltiples y tentadores propuestas.

En realidad esta receta es muy parecida a cualquier receta de NY cheesecake sólo que añadiendo limón. Un zumo que podéis sustituir por cualquier otro cítrico: naranja, lima o yuzu. Y se me ocurre que hasta te infusionado.



El precioso e increíble cuchillo Pallarés es de Claudia & Julia. Estoy super contenta con él, corta que da miedo. Y está de rebajas! Aprovechad!


Cheesecake de limón con merengue

(Ingredientes para una tarta de 20 centímetros)

Para la base:

60 de mantequilla
150 de galletas tipo María

Trituramos las galletas con un robot, que quede bien fina y mezclamos con las manos con la mantequilla deshecha. Cubrimos el fondo del molde, previamente untado con mantequilla pomada (blanda). Lo hacemos con las manos o con una cuchara. Horneamos a 170 unos 10 minutos y dejamos enfriar.

Para el relleno:

600 g de Philadelphia
230 g de azúcar
4 huevos
410 g de nata fresca (crème fraîche, en Mercadona tienen)
70 g de zumo de limón (o cualquier otro cítrico)
1 punto de colorante amarillo (optativo)

Mezclamos en la amasadora con la pala el queso junto al azúcar. Lo hacemos suave y parando de vez en cuando la máquina para bajar el queso de las paredes con una espátula. No batimos excesivamente, sólo hasta conseguir una textura homogénea y lisa. Añadimos de uno en uno los huevos y seguidamente la nata y el zumo de limón. Ponemos una punta del colorante.

 Vertemos sobre el molde con la base ya cocida, y horneamos a 140º durante unos 40 minutos. El centro tiene que moverse un poco. Luego en la nevera, acaba de cuajar.

Dejamos enfriar y ponemos en la nevera al menos 8 horas.

Merengue:

Vamos a hacer un merengue francés. Es decir crudo, sin hornear. Vigilad porque se conserva poco tiempo y suele bajarse un poco.

4 claras de huevo
120 g de azúcar

Montamos las claras y cuando empiece a espumar, echamos poquito a poco el azúcar hasta que las claras estén bien firmes.

Ponemos sobre el pastel con la ayuda de una manga pastelera y quemamos con un soplete de cocina.

Es simplemente delicioso, ya me contaréis.



Sponge cake con crema de mascarpone y frutos rojos

En el silencio de la tarde que acompaña el descanso, el sonido musical de las cigarras. El sol crea una película en el aire que pinta caprichosa las siluetas del paisaje de amarillo. Los porticones se cierran confiriendo un ambiente casi sagrado. La luz se filtra como en los suelos de la iglesia de la plaza. Ana apenas se atreve a respirar. Sus pies menudos juegan con las sábanas.  En silencio. Sus padres duermen al lado. Ya hace tiempo que no les oye susurrar. La gata asoma la cabeza por la puerta entornada. Y Ana se levanta para cogerla entre sus brazos. Sin quererlo sus pies se ven corriendo por el ancho pasillo. Hasta la cocina. Esa otra gran sala sagrada. La gata se escabulle dentro y con ella Ana. Sobre la mesa su madre ha dispuesto la merienda antes de sucumbir a la siesta de la tarde, al canto de las cigarras y al calor del amor en verano.

Sponge cake, Entre Harinas

El blanco de la crema compite con el blanco de la sala. El rojo de las fresas con el rojo de sus labios, de sus mejillas salpicadas por el jugo de las moras.

Los pies de Ana se enredan en la silla. Cuelgan al ritmo del canto del amor de las cigarras. La sala es fresca y contrasta con el calor de la tarde del verano.

Más tarde cuando su madre se levante con la sonrisa del amor aún dibujado en sus labios, Ana le invitará a seguirla bajo el árbol donde las espinas se le clavan caprichosas entre las tiras de sus zapatos. Juntas se discutirán la última fresa, dibujaran con sus dedos de crema un mundo sólo entendido por ellas y romperán con sus risas el falso silencio del verano.

Entre Harinas, Sponge cake

Con este sponge cake empiezo a contar los días que me separan de las vacaciones y hago una oda al verano cada vez más cercano. A las chaquetas finas que nos protegen de la brisa del mar, al pelo enredado por su salitre y la piel impregnada del sol de la montaña.

Se trata de una receta muy sencilla de la gran Linda Lomelino que podréis encontrar en su libro Repostería, estilismo y fotografía. Un libro que no os dejo de recomendar, ni que sea para disfrutar de sus fotografías.


Sponge cake con crema de mascarpone y frutos rojos

Ingredientes para unas 6 personas para el bizcocho:

180g de harina floja
2 cucharadas de café de levadura química
1 pizca de sal
175g de mantequilla pomada (que se pueda batir)
160g de azúcar blanco
1/2 cucharada de café de vainilla en polvo
3 huevos
1 1/2 cucharada sopera de leche

Calentamos el horno a 175º. Untamos dos moldes de 15 cm de diámetro con mantequilla y los forramos con papel de hornear. Para ello,  dibujamos un círculo con el mismo molde y lo recortamos para el fondo de los moldes. Cubrimos las paredes con un poco de harina.

Mezclamos los secos: la harina, la sal y la levadura. Aparte batimos con la pala de la amasadora, la mantequilla, que hemos pomado previamente con un golpe de microondas, el azúcar y la vainilla hasta que esté bien cremoso. Juntamos de uno en uno los huevos e incorporamos finalmente la mezcla de secos. Añadimos la leche hasta que obtenemos una masa bien lisa.

Repartirmos la masa en los moldes y alisamos la superficie con una espátula. Horneamos a media altura durante unos 25 minutos. Dejamos enfriar en los moldes unos 20 minutos. Desmoldamos y dejamos sobre una rejilla.

Relleno de mascarpone:

250g de mascarpone
2 cucharadas de azúcar glas
200 ml de nata para montar

Mezclamos toda excepto la nata con las varillas hasta obtener una mezcla cremosa. Añadimos la nata y batimos hasta que tenga consistencia.

Para decorar:

250g de mezcla de frutos rojos (fresas, moras, árandanos, frambuesas)

Montaje:

Colocamos un primer bizcocho. Ponemos una buena capa de la crema de mascarpone y una buena capa de fruta. Encima ponemos el segundo bizcocho y cubrimos también sin remordimientos con la crema de mascarpone. Acabamos de decorar con la fruta.

Una tarta digna de boda o de comida campestre.

Sponge cake, Entre Harinas

Vasitos de crema mousseline con mermelada de fresas y frutos rojos

No sé cómo andáis vosotros a estas alturas del año. Pero yo como ya he comentado en otras ocasiones voy con el calendario escolar. Por lo que en junio estoy realmente haciendo un esfuerzo final antes de las vacaciones para cerrar todo: la escuela, las actividades extra escolares, mis actividades que no son pocas, el trabajo...y la lista sigue. Mi batería está bajo mínimos en un momento en qué debería estar más activa que nunca por la publicación del libro. Pero lejos de esto, me cuesta concentrarme, me olvido de cosas y como no puedo parar el ritmo, parezco poco más que un personaje digno de Almodóvar o Maitena. Un híbrido entre gusano y mujer al borde de un ataque de nervios.

Crema mousseline, entre harinas, sonia layola

¿No me creéis? En apenas un mes he mencionado varias veces fechas erróneas sobre mis vacaciones a mi jefa que para más inri he pedido hace meses. En plan, pero es que no estaré porque me voy el...Olvido puntos de la agenda de la reunión. No es que olvide, es que no recuerdo ni que se hayan hablado de ellos. Me quedo en blanco cuando hablo... ¿sigo? Todo esto genera entre estupefacción y risas por un lado, preocupación por la parte que me toca a mí.

Entre Harinas, Crema de mousseline, sonia layola

He entrado en una especie de letargo en qué hasta el peso de la cámara me parece excesivo. Un letargo del que pensaba haber empezado a salir este fin de semana y ayer lunes cuando volví a poder dar de sí. Mi poco dignidad por eso se desmoronó ayer cuando pensé que estábamos a miércoles en vez de martes. Un olvido fútil pensaréis. Uno de esos que muchos cometemos. Pero claro, es que este miércoles empieza la jornada intensiva en las escuelas. Y esto señores, señoras, exige una sincronización digna de Gemma Mengual.

Crema mousseline, sonia layola, entre harinas
O sea que ya me veis organizando un gabinete de crisis en plena oficina justo cuando ya salía. Porque obviamente tampoco tenía batería en el móvil ya que me confundí con el cable USB. Ya me veis buscando a mi pareja que trabaja conmigo de planta en planta mientras miraba el reloj desesperada imaginando a la niña sola con sus coletas esperando unos padres que no la irían a buscar. Ya me veis llamando desde el teléfono del conserje, el señor Filipo, a mis padres que no cogían la llamada (tampoco se me ocurrió llamar desde la oficina), echando bulla a mi hijo mayor porque no estaba en casa (normal tenía clase), cogiendo un taxi que me costó el precio de una tarjeta de metro para acabar descubriendo que era martes y no miércoles y que aún me quedaba casi una hora por delante. A todo esto arranqué de una reunión a mi pareja que fue quién me confirmó que era martes y no miércoles.

Todo acabó con la sonrisa cómplice de mi hijo (mi complice de despistes), una clienta contenta por un encargo y eso sí un croissant menos en el congelador que me zampé a lo loco debido a la ansiedad.

Por favor decidme que no soy la única en hacer estas cosas... Mejor os dejo con el producto de mi fin de semana a tope, unos vasitos sencillos y sobre todo deliciosos. Y cuando digo deliciosos es que es de lo mejor que he hecho en tiempo.


Vasitos de crema mousseline con mermelada de fresas
y frutos rojos

Esta crema se puede utilizar también para éclairs, profiteroles o rellenos de tartas.

Ingredientes para unos cuatro vasitos pequeños:

250g de leche
65g de azúcar blanco
3 yemas de huevo
20g de maizena
100g de mantequilla
1 vaina de vainilla
Mermelada de fresas (la podéis hacer vosotros o comprarla)
Frutos del bosque

En un cazo ponemos a hervir la leche junto a la vaina de vainilla que hemos abierto previamente a lo largo y de la que hemos rascado las semillas con la punta de un cuchillo para que tenga más sabor. Las semillas las mezclamos a la leche. A parte en un bol, batimos las yemas con el azúcar y la maizena. Cuando la leche hierva, vertemos la mitad sobre la mezcla de yemas mezclando rápido y volvemos a verter todo en el cazo al fuego. Con una espátula vamos mezclando suavemente, en forma de ocho hasta que espese.

Ya fuera del fuego vertemos la mantequilla en daditos y mezclamos hasta que se funda y consigamos una mezcla homogénea. Vertemos sobre una bandeja cubierta de film, preferiblemente de plástico, que no sea metálica. Dejamos enfriar unos minutos y cubrimos con más film. Dejamos enfriar del todo en la nevera.

Una vez tenemos la crema fría montamos los vasitos. Con la ayuda de una manga pastelera rellenamos los vasos, cubrimos con mermelada y decoramos con los frutos del bosque.Si la mermelada es comprada batidla antes para romper la textura de gelatina. ¿Fácil no? Pues cuando veáis lo rico que está ya me contaréis.